Se puede activar la demanda de coches eléctricos con el trazo de la pluma de un regulador. Construir las baterías que los alimentan es un asunto completamente distinto. Esa es la advertencia contundente que resuena este otoño en el debate sobre la política automotriz europea: los plazos regulatorios por sí solos no pueden fabricar baterías, reducir los costes de producción ni preservar las redes de proveedores. Para Letonia — un mercado báltico que vive de vehículos fabricados en otros lugares — el mensaje llega con especial fuerza.

El análisis detrás de la alarma llega a una conclusión incómoda: Europa puede lograr un mercado automotriz más eléctrico sin lograr una industria automotriz europea más fuerte. Las cifras de matriculación pueden volverse verdes mientras la sustancia industrial se desangra en silencio — baterías que quedan sin construir, costes de producción que quedan sin recortar, redes de proveedores que se dejan deshilacharse. La electrificación, en otras palabras, no es automáticamente lo mismo que la fuerza industrial.

Bruselas espera cerrar esa brecha con su impulso 'Made in Europe', un plan que ha inquietado a los proveedores automotrices globales. Los coches importados de Japón no tendrían derecho a las subvenciones de la UE, mientras que los modelos fabricados en Francia, Portugal y Europa del Este se beneficiarían — pero solo si una parte suficiente de sus componentes proviene de Europa. Para Letonia, la promesa de esa fórmula es notablemente condicional. Europa del Este figura entre los ganadores, pero las subvenciones solo fluyen donde existe genuinamente contenido europeo: precisamente la base industrial que los plazos regulatorios, por sí solos, nunca crearon.