Los paneles de precios de las gasolineras lituanas cuentan una historia incómoda este noviembre. Los datos más recientes de los surtidores sitúan el diésel en 2,195 € por litro, mientras la gasolina se queda en 1,846 € — una diferencia de casi 35 céntimos, lo que significa que el combustible que mueve las furgonetas de reparto, las flotas de distribución y los camiones transfronterizos del país cuesta aproximadamente un 19 % más que la gasolina del depósito de un conductor urbano. Para una economía que vive de mover mercancías, eso no es una nota al pie de página. Es una factura de flete.

El momento difícilmente podría ser más inoportuno. La última proyección del Banco de Lituania describe una economía en crecimiento que demuestra resiliencia ante los choques externos — aunque el mismo documento modera el optimismo. La demanda exterior se recupera solo lentamente y se prevé que el crecimiento de las exportaciones siga siendo más modesto que antes de la pandemia de COVID-19, con unas exportaciones totales que crecerán apenas un 1,6 % este año y un 3,6 % el próximo.

El panorama doméstico es igualmente de doble filo. El PIB creció un 2,3 % en el tercer trimestre de 2026, pero el economista de Swedbank Nerijus Mačiulis sugirió que el descenso trimestral reflejaba el desvanecimiento del impacto de un repunte del consumo de los hogares en el segundo trimestre — un impulso puntual que pierde fuelle en lugar de una caída generalizada. Sin embargo, para quienes planifican rutas de carga y presupuestos de combustible, el matiz macroeconómico ofrece poco consuelo. Sus costes se fijan en el surtidor, y el surtidor no perdona.